Los 30 centímetros que hacen la diferencia.

Venía -1 al hoyo 6. No es algo que me pase seguido, y supongo que por eso lo recuerdo con tanta claridad. Fue un domingo como tantos otros, con los mismos de siempre — los amigos con los que comparto línea hace veinte años, los que te conocen mejor que cualquier caddie.

Fue entonces cuando escuché, casi al pasar, que uno le decía al otro: “Hoy va a estar imposible ganarle.” El otro respondió sin apuro, con la tranquilidad del que sabe: “Hay que esperar.”

Tenía razón. Había que esperar.

No tardó mucho. Mi mente comenzó a hacer su trabajo — ese trabajo silencioso y devastador que hace cuando uno empieza a proteger algo en lugar de jugar. Los músculos se tensaron. El swing que venía fluyendo de repente pesaba. Vino el bogey. Después el drive afuera. Y después, como suele pasar, la debacle en cámara lenta.

Lo curioso es que mientras todo se derrumbaba, nos reíamos. Porque hay algo profundamente honesto en jugar con gente que te conoce hace dos décadas: no podés esconder nada. Ni el juego ni la cabeza.

Ese día algo hizo click.

Jack Nicklaus decía que el golf es 90% mental y el otro 10% también. Lo había leído mil veces. Pero una cosa es leerlo y otra es vivirlo en el hoyo 7, con el driver todavía vibrando de vergüenza en la mano. Mi problema no está en el grip ni en el stance. Está en los 30 centímetros que van de oreja a oreja.

Y lo más liberador de todo es que no es un problema mío solamente. Es el problema del golf amateur. El que nos une a todos los que salimos cada fin de semana convencidos de que esta vez va a ser diferente.

Bob Rotella lo dijo mejor que nadie: el golf no es el juego de la perfección. Es el juego de manejar la imperfección con la mayor elegancia posible. De generar resiliencia en cada hoyo. De olvidar rápido — el drive malo, el chip corto, el putt que se fue por el borde — y volver a estar presente en el siguiente golpe como si nada hubiera pasado.

Técnica, números, clases, Trackman — todo eso importa y mucho. Pero ningún dato te va a salvar si tu cabeza decide que ya es suficiente en el hoyo 6.

Mis amigos lo sabían antes que yo. A veces los mejores caddies son los que llevan veinte años viéndote jugar.

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