¡Qué lindo es jugar al golf!
Editorial
Por Javier Vijande PenasEl Fantasma del Golf
El golf tiene algo que lo hace diferente de cualquier otro deporte. No se trata solamente de pegarle bien a una pelota, de hacer un buen score o de disfrutar de un hermoso campo. El golf tiene la extraordinaria virtud de enseñarnos valores que, casi sin darnos cuenta, terminamos incorporando a nuestra vida.
Hoy quiero hablar de uno de sus aspectos más maravillosos: su capacidad de unir a las personas, incluso cuando parecen estar muy lejos unas de otras.
Esta semana, por cuestiones laborales, mantuve varias reuniones con una persona de China. Las negociaciones eran difíciles, las posiciones parecían estancadas y, aunque tenía confianza en que podíamos encontrar una solución, había momentos en los que el acuerdo se veía muy lejano.
En un momento de la conversación, mi interlocutor me pidió que asumiera un compromiso que yo sabía que no podría cumplir.
Le expliqué, con absoluta sinceridad, que jamás me comprometería a hacer algo si no estaba seguro de poder cumplir con mi palabra.
Y entonces apareció el golf
Y entonces, casi sin pensarlo, apareció el golf.
Le dije algo que realmente siento:
«Mire, yo practico un deporte cuyos valores son inquebrantables: la integridad, la cortesía y la honestidad. El golf me ha apasionado tanto que, con los años, decidí llevar esos valores más allá de la cancha e incorporarlos a mi manera de vivir. Porque estoy convencido de que, si no fuera capaz de respetarlos en mi vida cotidiana, difícilmente podría considerarme un buen golfista».
Mi interlocutor se quedó mirándome, sorprendido.
Hubo unos segundos de silencio. Y entonces sucedió algo que nunca hubiera imaginado.
Tomó su teléfono y comenzó a mostrarme fotografías de él jugando al golf en distintos campos de China. Me contó sus experiencias, hablamos de golf y, de pronto, dos personas de culturas tan diferentes, que minutos antes discutían posiciones difíciles de conciliar, habían encontrado algo que las unía.
La conversación terminó con una invitación suya para jugar juntos en uno de los mejores campos de golf de China.
No sé si finalmente jugaremos ese partido. Tampoco sé si aquella conversación habrá sido determinante para el resultado de nuestras negociaciones.
Pero sí sé que me llevé algo mucho más importante: la confirmación de que el golf es muchísimo más que un deporte.
Porque el golf no solamente nos enseña a jugar. Nos enseña a comportarnos, a respetar al otro, a ser honestos incluso cuando nadie nos está mirando y, fundamentalmente, a comprender que nuestra palabra tiene un valor que ningún resultado puede superar.
Y cuando uno consigue trasladar esos principios a su vida, descubre que el golf puede abrir puertas que jamás imaginó. No por los contactos que genera ni por los lugares a los que permite llegar, sino por la manera en que nos ayuda a relacionarnos con los demás.
Quizás por eso me apasiona tanto.
Porque cuanto más juego, más convencido estoy de que el verdadero valor del golf no está en los golpes que damos, sino en las personas que somos cuando los damos.
Qué hermoso es descubrir que, a miles de kilómetros de distancia, hablando distintos idiomas y perteneciendo a culturas completamente diferentes, dos personas pueden reconocerse a través de los mismos valores.
Y qué lindo es entender que la integridad, la cortesía y la honestidad no conocen fronteras.
Al final, el golf es eso: un deporte que, cuando se convierte en una forma de vida, nos hace mejores personas.
Y créanme, no hay mejor vuelta de golf que esa.
